sábado, 4 de julio de 2015

"Nos contagiamos de la vida de lo que nos rodea", pienso de pronto mientras fumo despacio en la oscuridad y el papel sisea suave a mi costado cuando subo y bajo el brazo derecho para acercar el cigarrillo a mi boca y ver la brasa encenderse, brillar contra las sombras difuminadas de la calle y la cortina corrida.
Si estuvieras aquí, por ejemplo, mi mano estaría sosteniendo mi cabeza un poco ladeada, como casi siempre que escucho atentamente y las palabras del otro se rompen en secreto, huevos pequeños que paren sentidos y colores, desparramando luz y acaso eso inasible que brilla en la mirada. Movería las manos, me enrollaría un mechón de pelo (maldita costumbre que nunca puedo abandonar); latiría sonoramente en la piel y el aire. Habría una electricidad distinta, otro calor ondeando la quietud transparente de esta hora inútil y extraña, parida por tantas otras.
En cambio está el cenicero de metal y el papel y el sonido del motor de la heladera llenando la noche en esta casa ajena y la parsimonia blanda de los cristales y una sensación de que hay algo más, Algo, mirándome desde las paredes como si fuera una palabra o un silencio o una pregunta. Algo que me mira con curiosidad, con honda intriga, ladeando la cabeza un poco mientras el humo y la sonrisa apenas visible y el tiempo, todo el tiempo, a la vez que los azulejos y el olor de los platos sucios sobre la mesada.

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