De qué vale la belleza sin voz
La belleza sin hálito
La belleza sin alma?
De qué la piedra sin tibieza,
la vitrina,
lo inaninamado?
De qué vale, al final,
(por mucho que la obra incompleta
y los románticos
y el puto misticismo
del ojo que mira y crea)
De qué estos ojos que la gente mira
por la calle
o estos pezones rosados
o la piel tensa
o la mentada, aburrida, inmeritoria juventud?
De qué vale, en fin,
la Venus de Milo sin brazos
que le permitan abrazar;
ser, por fin, fuera de si
ex-presarse, desencarcelarse
de si misma;
salir triunfal, etérea,
palpitante
en busca del Otro?
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
jueves, 2 de julio de 2015
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