lunes, 6 de julio de 2015

Los vitrales del medioevo: la luz humana, luz de colores, contra la luz divina, luz pura de sol que el el ojo humano no puede soportar mirar directamente sin destruirse a si mismo. Iluminar lo oscuro, lo lúgubre de una estancia sagrada en algún sentido, con el resultado de un trabajo (sangre que pulsa, sudor, tiempo, fuerza mecánica) en que se transforma lo insoportablemente puro, la matriz, lo que posibilita la vida (y desde un aspecto mas bien platónico, el Bien supremo; lo inasible a menos que sea representado). Elegir ese modo y no otro; llegar a lo puro a través de su representación.
Inevitablemente, pienso en la palabra.

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