Hay días así. Días en que tengo que esperar algo tres horas y me largo a andar y me suelto el pelo y la rabia, desanudo la armadura que se vuelve una brizna reseca y se deshace en el viento que viene a revolotear el pañuelo violeta que tengo atado en el cuello. Días en que hay poca gente en la calle y en los parques silenciosos -llenos de la marea verde de los árboles que se balancean jugando con el viento- yo camino lento y musical mientras canto a viva voz una canción cualquiera, una canción una, una canción, mientras voy siendo así, porque sí, como la tormenta o el viento o los árboles danzarines.
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