jueves, 23 de julio de 2015

Ahí donde las palabras quieren ser de yeso, donde pretendemos hacerlas rayos fulgurantes que congelan el tiempo y lo devastan; ahí donde el símbolo pesa más que la Cosa e intenta reemplazarlas a la vez que nos funda (somos, entonces, el que ha dicho o escrito tal cosa; quien la ha desvelado y nombrado de alguna manera), ahí nace el escritor,  y muere el hombre.
Ese punto exacto es la paradoja en que existimos y a la vez desaparecemos.
Tal vez Pitágoras o Kafka lo sabían. Tal vez por eso lo no escrito por uno y lo destinado al fuego por el otro (pero salvado, en fin, por otro hombre) los revelan genuinamente al mundo: porque no han querido atarse a las palabras, y es esa trascendencia la que les otorga entidad.





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