miércoles, 1 de julio de 2015

No es aquella con la que le leo cuentos a los niños, que se transforma en mil voces distintas, que adquiere rugosidades diferentes cada vez. Ni el trueno visceral del enojo, tan hondo que hasta a mi me asusta cuando viene, de tan poco oído que lo tengo. No es aquella con la que atiendo el teléfono por el que los amigos reconocen, con que apenas diga "hola", si estoy triste o contenta o dormida. No es la del entresueño (o tal vez sí?. No lo sé, no la tengo oída) con la que él se divertía tanto cuando, soñando, le contaba o le preguntaba o le pedía cosas desde otro mundo. No es la del silencio, tampoco. O por lo menos, no siempre. No es la que se deshace en aire, en jadeos y suspiros, en el sexo.
No es la que busqué durante años entre las letras escritas. Ni es el reflejo de la de otros. Ni el mero resultado del cigarro o la disposición de las cuerdas vocales.
Cuál es mi voz?, me escucho preguntarme en la oscuridad, antes de dormir.
Mi voz es la que sigo buscando. Mi voz es lo que en su búsqueda voy siendo.
Mi voz, la única voz verdadera, es la que se escucha cuando hablo (digo, pienso, escribo, amo) sin miedo.



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