Me siento en el suelo: las piernas recogidas hasta que cuesta respirar, los brazos cruzados sobre el pecho, las manos en cada hombro opuesto, la espalda apoyada contra el frío de los azulejos de esta cocina ajena y deshabitada.
De pronto recuerdo una charla que tuvimos cuando todavía éramos nosotros. Hablábamos del miedo, de la amenaza física.
Yo te decía que en alguna otra vida debía de haber muerto a traición, por la espalda, porque cuando tenía miedo lo que necesitaba era tener la espalda cubierta; que algo o alguien ocupara el espacio entre mis omóplatos (ese punto, sobre todo) para sentirme segura. De frente puedo con todo; es lo otro, lo escondido, lo esquivo, lo agazapado lo que me aterra.
Vos me decías que tu posición en esos momentos era cruzar los brazos sobre el pecho, que era ahí donde te sentías protegido de alguna manera.
Recuerdo que me llamara poderosamente la atención la imagen, porque nunca me había encontrado en esa posición. Me era ajena, intrigante, llamativa.
De pronto recuerdo una charla que tuvimos cuando todavía éramos nosotros. Hablábamos del miedo, de la amenaza física.
Yo te decía que en alguna otra vida debía de haber muerto a traición, por la espalda, porque cuando tenía miedo lo que necesitaba era tener la espalda cubierta; que algo o alguien ocupara el espacio entre mis omóplatos (ese punto, sobre todo) para sentirme segura. De frente puedo con todo; es lo otro, lo escondido, lo esquivo, lo agazapado lo que me aterra.
Vos me decías que tu posición en esos momentos era cruzar los brazos sobre el pecho, que era ahí donde te sentías protegido de alguna manera.
Recuerdo que me llamara poderosamente la atención la imagen, porque nunca me había encontrado en esa posición. Me era ajena, intrigante, llamativa.
Me miro desde afuera, ahora, y no puedo evitar pensar en que los miedos, la forma irracional de protegerse de la amenaza, era lo único que nunca hubiera querido compartir con vos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario