Una casa pequeña con una Santa Rita explotando en color, y tal vez un limonero (ya se sabe, el azahar en la noches de verano). Con ventanas enormes desde donde oír los pájaros y los arboles y la luz caer.
Vivir cerca del mar. Y si hay eucaliptos o pinos fragantes, mejor. En un pueblo pequeño, sereno, pero cercano (a una hora, digamos) a alguna ciudad donde poder ir al cine, al teatro, a exposiciones, a conciertos; a esas otras expresiones de la Vida.
Un gato mimoso que se acurruque en mi falda y me busque silenciosamente con sus pasitos pequeños por las habitaciones de la casa si paso muchas horas leyendo y no me encuentra.
Un trabajo que me permita vivir, en el buen sentido de la palabra.
Un amor hondo, maduro, compañero con quien compartir silencios y vinos, palabras y visiones, desconcierto y armonías; el abrazo fulgurante en medio de la oscuridad de la noche. Alguien con quien pueda sentirme tan cómoda como me siento estando sola; alguien con quien no me sienta sola.
Vivir cerca del mar. Y si hay eucaliptos o pinos fragantes, mejor. En un pueblo pequeño, sereno, pero cercano (a una hora, digamos) a alguna ciudad donde poder ir al cine, al teatro, a exposiciones, a conciertos; a esas otras expresiones de la Vida.
Un gato mimoso que se acurruque en mi falda y me busque silenciosamente con sus pasitos pequeños por las habitaciones de la casa si paso muchas horas leyendo y no me encuentra.
Un trabajo que me permita vivir, en el buen sentido de la palabra.
Un amor hondo, maduro, compañero con quien compartir silencios y vinos, palabras y visiones, desconcierto y armonías; el abrazo fulgurante en medio de la oscuridad de la noche. Alguien con quien pueda sentirme tan cómoda como me siento estando sola; alguien con quien no me sienta sola.
Y sobre todo, el valor para dejarlo. El valor para dejarlo todo si en algún momento todo eso ya no es lo que el corazón manda.
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