Se desprende lento, como la piel muerta. Sin ruido. Apenas un crujido inaudible, prácticamente inexistente sigue al movimiento, al descascararse de las carcazas translúcidas.
Las sillas, la luna, el sofá, el aire, mi pecho, las estrellas, los girasoles, los aspersores, el verde del pasto, los tenedores, las puertas, las uñas de los pies, las tazas de café y el café y el aroma: todo se desdibuja. Todo queda en carne viva, desnudo, crudo.
Camino sobre ríos de sangre, con todo, vivos. Sobre la carne abierta y caliente de las cosas que laten dormidas, anestesiadas. Despacio, muy despacio.
A veces tengo miedo de que la realidad se despierte y me engulla de furia.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
lunes, 20 de julio de 2015
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