miércoles, 29 de julio de 2015

Compostela

Sentada entre piedras grises, entre piedras que hace cientos de años una fe ajena y tal vez un codicioso orgullo pusieron una encima de otra (marcándolas entonces con signos simples y hondos que me susurran secretos en lenguas que no entiendo), miro.
Las paredes del techo, de la galería superior donde en otra época dormían los hombres que hacia aquí peregrinaban, ahora caladas, rebotan desde hace tiempo las voces que aquí llegaban ahogadas de llanto o pena, de maravilla o espanto, de dolor y suerte.
Veo los ecos remotos vibrar el aire; veo las caras fugaces y sucias superponerse y desaparecer, como un río rápido que a la vez está inmóvil de alguna manera, como si fuera circular.
Pero sobre todo, sobre las que ahora susurran en italiano, en alemán,  en el melódico francés, veo las voces. Y los aromas: el rancio olor humano, olor de camino andado, olor de carne rota por el roce y la humedad se encuentra como las olas lo hacen en el punto donde dos océanos se encuentran, con el olor del perfume químico, azahares, madreselvas, jazmines, rosas, que los ahora congregados entre estas paredes se echan encima para tapar, para distanciar el tiempo. El tiempo.
El tiempo no es más que Ahora, una interminable serie de ahoras  superpuestos.
Yo, fantasmagórica, apenas testigo, como siempre, hago equilibrio en el punto donde se encuentran dos cosas que no existen.








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