domingo, 1 de mayo de 2016

Camino distraída y de pronto la siento: hay una distancia. Veo la separación (la veo, como siempre, de una forma que no es física y sin embargo es absolutamente visual).
Ignoro de qué está hecha la brecha, ignoro si existe siquiera, pero yo la siento, o creo que la siento, o creo que creo que la siento. No importa tanto eso.  No importa. Importa que despierta algo en mí y que mientras camino ese algo en mí se queda quieto como un perro que siente un ruido inaudible en medio de la noche y levanta las orejas dormido. Importa que entonces camino pero no camino, importa que no estoy y está la sensación de una película finísima que es sin embargo indestructible y algo mira, algo quietamente se regocija - podría pensar- por ser visto finalmente, por ser vislumbrado apenas un segundo y entonces está el desconcierto y la sospecha de acecho y la fascinación, un magnetismo que siento -como diría el Viejo- con "vago horror sagrado".
Pero no es regocijo, no: "Eso" no siente, Eso Es, sencillamente.
A veces sospecho que en ese espacio inerte anida la locura.
Otras, que es el único lugar al que no llega.

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