Camino distraída y de pronto la siento: hay una distancia. Veo la separación (la veo, como siempre, de una forma que no es física y sin embargo es absolutamente visual).
Ignoro de qué está hecha la brecha, ignoro si existe siquiera, pero yo la siento, o creo que la siento, o creo que creo que la siento. No importa tanto eso. No importa. Importa que despierta algo en mí y que mientras camino ese algo en mí se queda quieto como un perro que siente un ruido inaudible en medio de la noche y levanta las orejas dormido. Importa que entonces camino pero no camino, importa que no estoy y está la sensación de una película finísima que es sin embargo indestructible y algo mira, algo quietamente se regocija - podría pensar- por ser visto finalmente, por ser vislumbrado apenas un segundo y entonces está el desconcierto y la sospecha de acecho y la fascinación, un magnetismo que siento -como diría el Viejo- con "vago horror sagrado".
Pero no es regocijo, no: "Eso" no siente, Eso Es, sencillamente.
A veces sospecho que en ese espacio inerte anida la locura.
Otras, que es el único lugar al que no llega.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
domingo, 1 de mayo de 2016
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