domingo, 22 de mayo de 2016

No estoy tranquila. Algo me muerde dentro; me acuesto y lo siento.
Me acuesto y cierro los ojos y veo los dientes. Veo los dientes y la carne que aprietan: es rosada y blanda.
No clava los dientes, no rompe la piel sedosa, pero aprieta la presa que siente que quiero quitarle.
Lo miro. Tengo que mirarlo, me digo. Entonces le encuentro los ojos que me devuelven la mirada.
No es de ahora; sé que no. Sé que lleva tiempo ahí, esperándome.
Es fibroso, es muy fuerte, es negro. Tiene el pelo muy cortito y está muy asustado, por eso me amenaza, me desafía. Gruñe. No me quiere cerca.  Aprieta un poco más cuando estiro la mano, y duele.
Tengo que mirarlo, me digo. Y lo miro. Y él me devuelve la mirada.
Durante un rato largo nos quedamos así.  Con sorpresa noto que cuando lo miro, cuando sólo lo miro, no aprieta más.  No suelta, pero no aprieta, y algo pareciera desanudarse un poco dentro de mi
Tengo que mirarlo, me digo. Tengo que mirarlo hasta que uno de los dos desaparezca.

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