Es copiosa y densa, fuera. La oigo caer sobre el tejado negro: cada tantos minutos me quedo quieta, sólo escuchando, entonces la veo además de oírla, y veo los árboles moverse en la oscuridad.
Dentro, humo y luz poca, y el calor de las palabras.
"A esta realidad sí estoy acostumbrada", pienso con...con qué? ...no es curiosidad, ni asombro, ni nada a lo que pueda adjudicarle una palabra en este momento. Pienso sin emoción, pienso como se lee un número de dos cifras.
Pienso mientras leo y cierro el libro y las palabras son figuras mullidas y negras que se desarman en hilos frente a mis ojos y se pierden en la niebla y traen imágenes y sensaciones.
Como la sensación de que esta noche es mi casa. Como la sensación de que conozco las paredes de esta noche como mi propia piel, y soy la noche y el silencio y el calor y la lluvia. Soy lo que me alberga y la intemperie. Soy las letras y el movimiento de las manos de este hombre que un día pensó que cada eyaculación de un hombre contiene toda la posibilidad de las vidas humanas mientras se corría en la boca de una mujer que no recuerda y luego lo escribió en la misma página en que cita a Leibinz y a Mallarmé hablando de su hijo muerto y yo sé que nunca voy a poder comunicar esa sensación que me produce pensarlo y leerlo y conjugarlo, saberlo, saber de ese momento, saber que un hombre en el mundo fue y sintió todo eso tan insignificante como el resto del todo y a la vez tan único, tan eso mismo, tan exactamente eso que no se puede decir diciendo.
Me sienta bien este calor de madera y silencio.
"Aquí, aquí sí", pienso de pronto. Aquí, en esta noche, me siento en casa.
("...calma. Con calma. Esa es la palabra que busco")
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
viernes, 13 de mayo de 2016
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