Se para frente a mi con la libreta en la mano. En silencio, la abre ("no, en ésta no, que es la carátula " me/se dice) y recala después de unos segundos en la segunda hoja, blanca, impoluta, inmensa. Lo miro intrigada, también en silencio, hasta que me pide que escriba algo ahí para estrenarla, porque necesita dibujar y no sabe qué. Entonces lo miro sonriente.
"Una historia de esas, de las tuyas, pero corta, eh?!, que sino no me dejas espacio".
Nunca ha leído una historia "de las mías" (porque aquel cuento que le pedí que me ilustrara hace meses, de "mío" tenía poco, y lo sabe).
Si hay un lugar donde me resisto a que me impongan cualquier cosa, - sobre todo, límites- es en el acto de escribir. Pero me conmueve su gesto, así que no digo nada ( excepto "venga, juguemos", a mi misma).
Entonces sonríe a su vez y se va, y yo pongo música y me voy también.
Me voy y vuelvo con un templo en ruinas y una gaviota, con el viento y con la profundidad de un punto de tinta. Vuelvo con la inmensidad y los capilares luminosos de un árbol; con la sal y la luz como lenguas de seda.
Sé que nada de eso le va a gustar, y me sonrío. Me sonrío porque no le importa. Y ese es el regalo. Ése.
Justo ése.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
miércoles, 11 de mayo de 2016
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