Por qué justo a mi tenía que tocarme ser yo?
Frase de Felipe, en Mafalda.
Quino
De chica tenía miedo de volverme loca; me acuerdo perfectamente. Pensaba que no podía ser, que algo estaba o era (to be, to be) muy mal, porque por mucho que lo disimulara no me encajaba, no entendía el mundo como lo entendían los demás: no entendía por qué habían cosas, qué era la luz, para que yo era eso que se llamaba de un modo y tenía unas manos y un pelo que no había forma de peinar. Para qué, por qué. Por qué la gente decía cosas, para qué estaban las reglas y las normas y el caos y la mentira y las categorías y los relojes y los cepillos de dientes y los zapatos. Para qué hacíamos todos los días algo distinto que hablar con los otros para preguntarnos qué éramos. Por qué no nos quedábamos todos los putos días extasiados mirando el sol entre los árboles. Cómo era posible que hiciéramos otra cosa?.
Yo me enojaba o me alegraba o me emocionaba o me asustaba por cosas que a nadie le importaban, que a todo el mundo le parecían normales. Pero estaba ahí, el significado -cada pequeño gesto lo evidenciaba, cada instante - estaba ahí y nadie más lo veía. Nadie más.
Eso, tarde o temprano, me iba a delatar: me veía horrizada en el balanceo automático, con la vista fija en el aire, acariciando un verde conejo imaginario.
Me iba a volver loca, estaba claro. En algún momento iba a pasar.
Después, leí. Después, conocí algunas personas. Después respiré algo.
Pero el miedo me dura, a veces.
Me doy cuenta en días como hoy, que de pronto me di cuenta de que estuve diez minutos con la vista fija en la pata de madera de una silla, tratando de entender por qué estaba ahi y después preguntándome quién trataba de entender y qué es decir que "siento" y qué decir que "pienso" y cómo hay palabra y sonido y qué es la imagen y la imaginación y el diálogo interno y quién habla y por qué digo que estos muslos recogidos en el sofá son "míos" o "soy yo" y entonces sentarme y seguir ensimismada con la puta sombra de la pata de la silla que es tan hermosa y desconcertante y de qué está hecha la sombra y por qué nadie más la mira y por qué "yo" la miro a veces y otras no y qué bien me sale la pantomima, cuánto parece que entiendo y que me muevo y respiro y que soy algo que significa algo y ay si ellos supieran, ay, y de pronto me estoy moviendo casi imperceptiblemente: el balanceo.
La parte interesante de la locura es la ignorancia: el loco no sabe que está loco. El loco, como los cuerdos, se cree su realidad inventada, o tal vez la prefiere.
Así, en días como hoy no estoy segura de si me volví loca, de si nunca dejé de estarlo o de si es una estación a la que llegaré eventualmente, pero en un momento me encuentro sonriéndome -con ese cruel cinismo, tan mío, cuando me adentro en el infierno privado con hipócrita gesto autoconmiscerante- al pensar que me dan envidia los otros. Y enuncio internamente, con sorna y tristeza (que vienen siendo casi lo mismo, en este caso): los otros tienen suerte, porque son otros. Los otros tienen suerte, porque no les tocó ser yo.
Después me acuerdo de cosas, lloro un rato, me lavo la cara, le pongo la correa azul al conejo verde y me voy a ver una peli a casa de Oscar, que la niebla es densa afuera y en el camino puedo ver los pinos
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