lunes, 23 de mayo de 2016

El hilo finísimo que conecta dos imágenes, dos sensaciones, dos ideas, dos recuerdos...qué hondo es, qué dicente, qué espejo.
De las notas de un piano voy a las gotas de lluvia; me divierto imaginando un hermoso piano de cola cuya tapa superior es un estanque de agua: está hecho de un cristal finísimo y transparente, lleno agua. Me deleito en ver cómo cada nota crea un breve círculo que se expande y que antes de desaparecer choca y se funde con otro que ha nacido al tocar la siguiente nota (la sangre caliente que aviva la mano mueve la tecla de marfil frío que acciona el macillo de madera recubierto de suave fieltro que golpea la cuerda tensada y entonces la vibración de la sangre es música que mueve el agua y desaparece ).
Ahí estoy, ahí estaba, pero de pronto aparezco en el cementerio mirando con horror las gotas. Ahí también había agua, me doy cuenta por primera vez.
Agua, tan agua para mi, siempre, tan todo, tan tanto, agua. Sin embargo entonces no me produjo la sensación que siempre me da el agua. Entonces era incomprensible, era monstruoso que hubiera agua saliendo de las paredes de mármol que encerraban cuerpos muertos mientras yo te buscaba.
Mis pasos solos eran notas retumbando con esas gotas.
La irrealidad fue ese día en que caminé (cómo? ) leyendo números buscando tu tumba por un cementerio deshabitado.
Lejos de todo, de todo. Ni mis propias manos estaban cerca.
Los recuerdos, o eso que de alguna manera así puede aludirse, se me presentan diáfanos pero a la vez también lejanos. Crudo era aquello; tal vez como nada antes.
Recuerdo con asombro notar la perpendicularidad; pensar que mi cuerpo era el único vertical en aquel lugar. Ver sin ojos lo blanco de los huesos sucios en la penumbra
Recuerdo que no te encontraba
Recuerdo que me perdí
Recuerdo que me sentí tan mal, tan mala por no poder encontrarte, que cuando finalmente lo hice te pedí perdón muchas veces, tontamente, como un mantra
Recuerdo que el papel con tu nombre escrito pegado sobre el mármol me pareció insultante; que quise arrancarlo y hacerlo mil pedazos y  quise besarlo y pasé los dedos por las letras y me dio bronca que no tuvieran profundidad, como si no existieras
Recuerdo la escalera verde, altísima, que tuve que arrastrar con todas mis fuerzas por el pasillo para estar a la altura del nicho; recuerdo subir penosa, lentamente, como si recién eso fuera llegar a saberlo.
Recuerdo sentarme ahí. Recuerdo pensar que tu cabeza y la mía estaban muy cerca y recordar táctilmente tu pelo grueso y graso y suave. Recuerdo apoyar la mano sobre el frío del mármol y pensar que era lo más cerca que estaría nunca de volver a acariciarte.
Recuerdo hablar y hablar y hablar. No recuerdo ni una palabra de lo que te dije entonces. Tal vez porque no te lo dije.
Recuerdo no entender y a la vez entenderlo todo. Recuerdo tener que pensar para poder andar. Recuerdo sentarme en el banco de afuera, al sol, y el blanco que viene con lo demasiado.
Luego, la debilidad, como si llevara semanas andando. La sorpresa de la debilidad, como si me hubieran drenado y hubiera quedado seca.
Querer dormir, sólo eso.
Hablar con él,  tranquilizarlo, odiarlo, odiarme; querer cortale el teléfono, querer que sufra, querer gritarle y querer que me abrace, solamente que me abrace.
Querer que todo sea mentira.
Seguir sin ser capaz de comprender siquiera mínimamente cómo ese día era posible en cualquier mundo. No entender como jamás había no entendido nada antes. No ser capaz, no ser en absoluto capaz de encontrar el modo en que eso fuera posible. Cómo no estaba ahí?, cómo? . Pero tener fuerzas apenas para tranquilizarlo, y decirle que necesitaba dormir.
No recuerdo si lloré.

Todavía escucho el eco de mis pasos recorriendo esas galerías, pero no oigo las gotas. Aquellas gotas eran mudas. La muerte es ese lugar donde no hay música

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