lunes, 9 de mayo de 2016

Son tres días de lluvia. Me levanto de buen humor; ignoro qué habré soñado, pero seguro tiene algo que ver. Me levanto de buen humor y tomo mate en pijama y miro la lluvia y escucho una conferencia sobre el gótico y hay una calma muy mía, muy íntima y grave y mía. Entonces me visto y revolviendo el cajón de la mesita de luz lo encuentro y como estoy de buen humor me paro frente al espejo y me pinto los labios de rojo. De rojo. Y me acuerdo:
a él le gustaba mi boca. No mis ojos, no mis manos, no mi pelo, no mis tetas: mi boca. Pasaba su dedo pulgar por mis labios muy despacio, a veces, y se callaba o sonreía y yo sentía que él veía ahí las cosas que yo veo cuando miro lo que otros ojos ignoran, que él sabía entonces de alguna fibra escondida, que algo decía mi boca que yo no sabía. Sabía que significaba algo que no era yo, y me maravillaba ese modo que tenia de ser objeto sin serlo, de ser palabra en un idioma que sólo para él tenía una voz comprensible
(Cómo no acordarse vanidosamente de Julio diciendo "lo que me gusta de tu boca es la lengua, lo que me gusta de tu lengua es la palabra... ").
Mi boca. A nadie antes le había gustado mi boca.
Le gustaba mi boca y piensa que soy un acólito del demonio: hay que ver lo versátil que resulta la originalidad.

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