martes, 3 de mayo de 2016

Infancia

 Construí mi casillo en la desesperación. Cansada de los golpes, sin que lo advirtiera, su páramo  vasto me impuso la tarea: el viento, cimarrón, no me permitía  mirar. Asique construí mi castillo. Piedra por piedra. Ocre, como la tierra sin humedad. Pálido adobe, las paredes, pero macizo, rotundo, el espacio cenacular de lombrices y polvo, de estrellas y viento.

Construí mi castillo porque todo era hostil. En sus cámaras forjé, me vi forjada por los ángulos de las piedras, por las formas de los arcos. Cada recoveco me nombra y es nombrado por mi; me conforman sus oquedades y sus salientes, el increíble grosor de sus muros y el frescor que la hierba seca y prensada en ellos provee algunas tardes. 

Desde allí emanan las formas de pensamiento que te hipnotizan, que te parecen imposibles,  fabulosas. Desde allí. 

La desesperación es el campo donde germino, es mi matriz, mi fundamento. No es la construcción, no es sólo  la construcción, el modo de sobrevivir a la vida lo que importa. Has de saber, es necesario que sepas, que mi reino es extenso,  y el castillo es sólo una de sus formas.

Para verme, has de mirar todo el horizonte.




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