martes, 1 de diciembre de 2015

Mujeres

A una le acariciaron los senos, violeta sobre blanco, con una flor de cantueso
A otra la han visto salir corriendo en medio de un recreo, la ronda hecha y todos hablando, porque una idea la había inundado y tenía que volcarla sobre el papel
Hay una que un día fue un árbol, según le dijeron, donde se refugiaba un gorrión azul en medio de la tormenta, y otra cuya mano fue nido cuando -caminando hacia la parada del autobús en silencio, mirando la luna- la palomita blanca de la pequeña mano amiga se acurrucó ahí
Está la que baila entregada, muchas veces, consumida por la electricidad del sonido. Y la que pide silencio en medio de la montaña para escuchar el silencio.
Está la que danza, lenta e imperceptible, dentro del agua (sólo la parte inferior del cuerpo: nadie se da cuenta ), en un ritual y un juego sagrado que la acompasa con la textura del viento.
Además existe la que pasa por el salón, ve el rayo de sol, sopesa un segundo, suelta la escoba, vuelve a la cocina, prepara el té, pone una canción para mandolina y se sienta al sol a disfrutar.
Una más conozco (acaso la más querida) que sabe abrazar realmente.
Hay una que ha sabido decir franca, crudamente, las cosas que necesitaban ser dichas por el placer mismo de hacerlo, sin esperar nada (una, en fin, que ha probado la libertad, alguna vez)
Otra ha visto a un hombre mirarla con tanta ternura en los ojos que se puso a llorar. Una más, hermana de ésta, orbitó en un minuto eterno las manos de ese hombre frente a una chimenea donde ardía un almendro, como una danza nupcial.
Además existe una que canta: mientras cocina, mientras camina, mientras se baña, mientras hace las compras o cruza la calle, ella canta cualquier canción (y de pequeña, incluso las inventaba) y mira las cosas y siente su cuerpo a través de esa melodía que le vibra el aliento.
También está aquella que soñaba con estar en medio de un campo de girasoles, y lo hizo un verano y fue tremendamente feliz.
Y la que siente que el mar es un llamado eterno que la invoca, siempre (y que aunque no lo vea, siente su toque ceremonial que la busca, y que siente, cada vez que está frente a él, que eso está bien, que encaja, que asi tiene que ser)
Exista una que da, de vez en cuando, con la palabra exacta (esa, la del gozo mas inefable, existe poco, pero existe). Prima suya es una que se recrea deliciosamente con las etimologías y la sensación de que Otros han alcanzado, en algunas páginas, la maestría.

Las hay además ruines, egoístas, ególatras, necias, crueles, rudimentarias, mentirosas, caprichosas, cobardes, orgullosas y etcétera, pero no quiero hablar de éllas. Hoy, no. Hoy quiero hablar de las que me dan alegría.
Hoy quiero acordarme de todas esas mujeres he disfrutado ser.


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