Lo que contiene el Centro es aire. Si el aire estuviera fuera, si quisiéramos admirarle el brillo y la temperatura, la humedad y la luz, el peso de las partículas, no encontraríamos cómo: el aire es todo, es el vacío, lo indeterminado. No le prestaríamos atención a la misma cosa (cualquier fuera) si estuviera fuera del Centro, perdida entre otras miles de cosas o abandonada en la inmensidad de la llanura: es lo que representa en tanto fin del camino que hasta allí nos llevó lo que le da el tono exacto de los filamentos luminosos que la componen.
Asi, el viento silba entre los pinos, fuera, en una (la primera) noche glacial, y yo doy vueltas en la cama pensando que las palabras son las paredes de un laberinto, son las que le dan sentido al Centro, las que lo hacen ser lo que es. Son, a la vez, las que lo esconden y las que lo fundan (ese doble movimiento, siempre, del todo. Realmente será todo asi, o sólo es mi forma de mirar la que lo encuentra a cada paso?)
Entonces, las palabras: esos obstáculos necesarios.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
viernes, 4 de diciembre de 2015
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