Los libros han sido, siempre, medios para conocer a los Hombres. Todos me han dicho cosas, buscadas o no, sobre ellos. Sobre mi.
Es curioso pensar que me he pasado la vida leyendo manuales de instrucciones escritos por las cosas mismas.
No se por qué la gente habla de distracción cuando habla de lectura: pocas cosas se me ocurren más serias, más cabales, más comprometidas e incluso más peligrosas que leer. Porque no se puede "desleer". Porque las letras son conjuros sagrados que se pronuncian en silencio y descorren velos invisibles que ya no pueden volver a su lugar. Todo, incluso lo mas nimio, revela algo. Incluso para los incautos, pienso. Sucede que nunca sabemos bien qué. No somos capaces de preveer de dónde vendrá la mordida de la serpiente que nos envuelve lenta, circularmente.
Las cosas que dicen los libros -en tanto son cosas que se dicen con palabras- son pasadizos que se extienden oscuros en la oscuridad más absoluta: existen, tienen límites palpables, establecidos; llevan a algún lugar, pero nunca sabemos realmente dónde.
Sin embargo los libros en tanto objetos tienen algo que me resulta fascinante: no se si hay otras "cosas" que representan de manera tan acotada en su manifestación física, tan clara ese proceso de transformación, ese camino de ida. Los libros son íconos exactos, resumen, un algo palpable, material, físico, limitado, que encierra en si mismo el latido vital de las cosas que allí no caben. Es tonto decirlo, lo sé, pero no puedo evitar pensar que un libro es como una palabra, en ese sentido.
Me asalta todo ésto cuando termino un libro que leo buscando a alguien. Un libro que, tal vez por todo ésto -o como causa, no lo sé- recorrí buscándolo, como un secreto, como si cada frase o idea o giro fuera un pasadizo oculto hacia su modo de ver y mirar y estar; como si pudiera desentrañar algo suyo, como si pudiera acercarme a él sin que lo sepa.
Y de pronto me di cuenta de que eso me ha sucedido tantas veces, con tantas personas...
Resulta que busco personas, en los libros, siempre: a veces, personas que conozco; otras, personas por conocer (porque ya lo decía Pascal: "La curiosidad no es más que vanidad. En la mayoría de los casos, sólo queremos saber algo para hablar de ello."; y en mi caso particular, esto es tristemente cierto).
No deja de resultarme asombroso, en un punto, elegir consciente o inconscientemente este medio, hacer ese rodeo casi patético, de tan enrevesado. Pienso de pronto en Russell y aquello de "Deja de intentar escribir y en cambio intenta no escribir. Sal al mundo, hazte pirata, rey en Borneo u obrero en la Rusia soviética; búscate una existencia en que la satisfacción de necesidades físicas elementales ocupe todas tus energías. (...) Creo que, al cabo de unos años de vivir así, el ex intelectual encontrará que, a pesar de sus esfuerzos, ya no puede contener el afán de escribir".
Llegar, en fin, al fin buscado, raramente coincide con el medio que se emplea para hacerlo. Los medios -las actividades, los libros las palabras- nos transforman de tal manera que, en el camino, el fin cambia, porque cambiamos nosotros, sin advertirlo. Así -y sólo porque siento una incasable, juguetona, infantil atracción hacia las máximas grandilocuentes y rotundas- nunca se llega a ningún lugar al que se quiera llegar. Nunca se descubre aquello que se intenta descubrir. Pero siempre se llega a algún lugar, y siempre se descubre algo. Aunque estas dos cosas, claro, muchas veces se entienden mucho tiempo después, y a veces, la mayoría, ni siquiera se entiende realmente. No, por lo menos, de manera racional.
La traducción de todo eso que pensamos y leemos y decimos es la acción, el modo de estar en el mundo. Sin embargo, tampoco eso lo resume, nos resume. De casi nadie puede decantarse francamente quién es sólo mirando lo que hace, cómo vive o ha vivido, de las decisiones que ha tomado, por mucho que nos encante pensarlo. Están las razones y la intención y todo una inmensa maraña de significados ocultos, incomprensibles desde el afuera e incluso desde dentro de uno mismo. Siempre algo queda del otro lado; el Hombre no es algo que pueda ser dicho con palabras que claven a la mariposa en la plancha de telgopor. (Lo Vivo, cómo se dice lo Vivo?; eso que palpita detrás de cada nota o fonograma o número o letra?). Somos más hondos; mucho más. Somos en la complejidad del tiempo y el silencio, aunque nuestro hábitat sean las cosas y los cuerpos. Somos lo inextricable; la verdad a la que se llega de carambola, por ningún camino, acaso sin darse cuenta, nunca, de haberlo hecho.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
viernes, 18 de diciembre de 2015
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