En la puerta del bar, en la madrugada glacial, fumamos. Me pregunta qué hago acá, cómo aparezco en la puerta del bar, en la madrugada glacial, fumando, en este pueblo perdido de Galicia
-Me enamoré- le digo después de unos segundos de silencio, preguntándome lo mismo.- Luego, me separé. Y ahora estoy aquí, con vos, a la deriva, viendo cómo se desenvuelve todo, viendo hacia dónde...-
Me sonríe francamente y me dice con ternura "ay, me gustas mucho". Nos abrazamos. Hace cinco minutos que la conozco y las dos sabemos que no nos vamos a ver más, que en unos días vuelve a Irlanda y yo sabe dios dónde . Se ilumina cuando habla de un chico de allí con el que trabaja; nos muestra vídeos y dice que está muy enamorada, que es brutalmente inteligente y lo admira mucho. Cada tres palabras dice "Patrick"y nos cuenta que no nos escuchamos, que a Patrick nadie lo escucha, que ese es el problema y no el autismo.
Hay un puente intangible pero certero entre su mirada y la mia, tal vez de la sorpresa, de la prístina alegría de la palabra sin más, del goce del momento y la celebración de ser ésto que se es en este punto exacto del camino.
"Yo sabia que esta iba a ser una buena noche", me dice. Yo no lo sabía, pero es de esas cosas que me da igual ignorar.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
martes, 22 de diciembre de 2015
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