viernes, 11 de diciembre de 2015

(Realidad, Patria)

Me levanto de la cama y la siento en la garganta. Su piel fría, suave, me hiende la piel lenta, casi microscópicamente.
Leo palabras de odio, palabras que sólo miran lo que separa, lo que divide, mientras tomo el café . Palabras manchadas de sangre, escupidas con bronca, con dolor. Palabras de la historia que nunca aprendemos y que, creyendo que la contradicen, que la cambian, la renuevan. Palabras-transfusión para que siga vivo el mismo monstruo de siempre, para que sus tentáculos sutiles, que nos atraviesan no el acto sino la intención, sigan latigueádonos desde adentro.
Hace frío y fumo. La siento apretar un poco más; la dejo hacer. Trago con dificultad algún silencio con gusto a grito. Afuera el sol ilumina los pinos y recuerdo de pronto a Saramago: "La soledad no es un árbol en medio de una llanura donde sólo está él, es la distancia entre la savia profunda y la corteza, entre la hoja y la raíz".
La serpiente aprieta, lenta, sin prisa; pero no consigue, así, acortar esa distancia.

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