Fui murmurando mi nombre
para aliviarle tu olvido
Georgina Hassan
Salgo corriendo hacia la cuesta más alta. "Todavía no, todavía no ", murmuro agitada; el viento me arranca la palabras de la boca.
Llego y me subo a la roca de encima de todas. Escalo con dificultad, pero llego y el espectáculo todavía dura: delgadas, larguísimas, las nubes son lenguas de fuego, oro líquido. Nadie en la cuesta, ni en ningún lado. Sólo yo y el atardecer, despeinados.
Casi me lamento de no haber cogido la cámara en la carrera porque es tan hermoso que lo tienen que ver los que no están, pero entonces me pongo a pensar en esa necesidad tan actual de "compartirlo" todo, de todo llevarlo hacia afuera, hacia el otro, como si sólo atestiguado de esa manera tuviera valor; como si el valor fuera dado por la mirada del otro que nos mira mirar y no por aquello que miramos. Antes de ponerme a discutir conmigo, con atino, me llamo a silencio, me digo que no me haga perder el tiempo, y disfruto.
Entonces veo, girando un poco la cabeza, un macizo de nubes de un gris violáceo que se mueven, casi apisonadas unas contra otras, sobre la linea apenas curva de la montaña de al lado, erizada de pinos. Hay viento, mucho viento, que las hace moverse muy rápido, y me sorprende que sin embargo el macizo no muestre fisura alguna; me asombra su casi fluir, su voluntad de muro aéreo. "Si una bandada de pájaros quisiera pasarlas, se estrellaria contra ellas"
El río de oro sobre el río de tinieblas; en medio, un celeste rabioso. Sólo ella desentona: esponjosa, impolutamente blanca, se yergue por encima de las nubes que ya empiezan a teñirse de rojo. No puedo dejar de mirarla. Los bordes, perfectamente definidos hace apenas unos segundos, empiezan a borrarse. Se estira lento, el viento la lame, la deshace lentamente. Se desgaja, se deshilacha inevitablemente ; el celeste empieza a verse a través de sus heridas. El río violeta y el río ya decididamente rojo siguen fluyendo compactos, pero ella no se inmuta: apenas algunos tonos de sombras le rozan los párpados en el camino, y unos segundos después el viento furioso la despedaza, la borra por siempre, la difumina con hambre voraz, la disuelve en su seno y se la lleva lejos, lejos, donde nunca más ella, donde nunca más.
De pronto me asalta la curiosa idea de que me estas olvidando, papá.
Llego y me subo a la roca de encima de todas. Escalo con dificultad, pero llego y el espectáculo todavía dura: delgadas, larguísimas, las nubes son lenguas de fuego, oro líquido. Nadie en la cuesta, ni en ningún lado. Sólo yo y el atardecer, despeinados.
Casi me lamento de no haber cogido la cámara en la carrera porque es tan hermoso que lo tienen que ver los que no están, pero entonces me pongo a pensar en esa necesidad tan actual de "compartirlo" todo, de todo llevarlo hacia afuera, hacia el otro, como si sólo atestiguado de esa manera tuviera valor; como si el valor fuera dado por la mirada del otro que nos mira mirar y no por aquello que miramos. Antes de ponerme a discutir conmigo, con atino, me llamo a silencio, me digo que no me haga perder el tiempo, y disfruto.
Entonces veo, girando un poco la cabeza, un macizo de nubes de un gris violáceo que se mueven, casi apisonadas unas contra otras, sobre la linea apenas curva de la montaña de al lado, erizada de pinos. Hay viento, mucho viento, que las hace moverse muy rápido, y me sorprende que sin embargo el macizo no muestre fisura alguna; me asombra su casi fluir, su voluntad de muro aéreo. "Si una bandada de pájaros quisiera pasarlas, se estrellaria contra ellas"
El río de oro sobre el río de tinieblas; en medio, un celeste rabioso. Sólo ella desentona: esponjosa, impolutamente blanca, se yergue por encima de las nubes que ya empiezan a teñirse de rojo. No puedo dejar de mirarla. Los bordes, perfectamente definidos hace apenas unos segundos, empiezan a borrarse. Se estira lento, el viento la lame, la deshace lentamente. Se desgaja, se deshilacha inevitablemente ; el celeste empieza a verse a través de sus heridas. El río violeta y el río ya decididamente rojo siguen fluyendo compactos, pero ella no se inmuta: apenas algunos tonos de sombras le rozan los párpados en el camino, y unos segundos después el viento furioso la despedaza, la borra por siempre, la difumina con hambre voraz, la disuelve en su seno y se la lleva lejos, lejos, donde nunca más ella, donde nunca más.
De pronto me asalta la curiosa idea de que me estas olvidando, papá.
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