miércoles, 2 de diciembre de 2015

Días en que me olvido del enojo. Días en que me olvido de lo enojadisima que estaba (y que seguiré estando, seguramente, cuando recuerde lo torpes que hemos sido) y recuerdo por ejemplo tu piel. Tu piel y nuestros cuerpos; nuestros gestos, nuestros preciosos, ínfimos, grandiosos gestos amorosos:
Tu placer furibundo, rabioso de luz, ante el mío
Taparte con la manta (estirarme para cogerla con una mano, sin mover el resto del cuerpo) para que no cogieras frío después de que te derramaras en mi, feliz, cansada. Ese remanso de paz de tu piel quieta, agotada, luminosamente tibia sobre la mía
Disfrutar de la sorpresa que te producía mi desnudez, tus manos que celebran casi asombradas, dulces, recorriendo por primera vez mi cuerpo tantas veces
Sentirte temblar, hundir sin lastimarme tus dedos en mi carne; disfrutar de ser parte de tu gozo
Sorprenderme también yo de la vehemencia de tu deseo, admirar ese momento en que te perdías en mi, en que soltabas amarras y mi cuerpo se volvía, en su sabiduría cimarrón - impelido por tu aliento- el mundo redondo y fresco, salvaje, nutricio, donde corrían los caballos. Maravillarme de mi lenguaje secreto y de tu capacidad de escucha
Que nada estuviera prohibido; que nuestro sexo fuera una liturgia que celebrábamos alegres, lúdicos; que fuera una extensión de nuestro modo de hacer todo lo demás
Que me encendiera tu olor, que te encendiera mi tacto. Que la barrera de la ternura al deseo fuera traspasable en cualquier momento con apenas un modo de acariciar, de mirar. Sentir ese cambio incluso antes de que ocurra.
Que no quisiera, cada vez, que salieras de mi. Querer tenerte asi, dentro, todo el tiempo que fuera posible, y acariciarte lento.  Pasar con delicadeza mis uñas por tus muslos ya quietos, por tu espalda, y sentirte estremecerte
Tu generosidad inquebrantable, tu modo de gozar, igual o más que con tu propio gozo, con el mío
También en eso, en ese encuentro, hemos tenido suerte.

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