Y porque Berger dice en "Modos de ver" que la introducción de la cámara y el sonido en lo estático de una pintura cambia el significado de la misma (porque se zambulle en la linea de agua que divide la cultura de la cosa y explora la intervención de la reproducción tecnológica como algo digno de analizar en la percepción actual del arte clásico ) es que yo puedo pensar que los dos o tres segundos en que tu mano (enorme, suave, poderosa) posándose en mi cabeza (y la sensación de sorpresa y de quietud que me produjo aquel gesto) no son más que modos en que mi memoria se entretiene en resignificar gestos pretéritos, en ejercitar su sino.
Entonces puedo recrearme una mañana de viernes, casi como un ejercicio tecnológico, en el peso de tu mano, en el modo en que mis rulos cedieron a su peso, en la suavidad del tacto, en el golpecito cobarde con que rompiste aquel breve, lírico silencio antes de irte, en la idea de que el silencio no existió, ni existió el tacto ni la intención de tocarme. Puedo zambullirme también yo en el movimiento de la cámara, de la imaginación o de la memoria, como un modo de señalar al mismo tiempo una porción del mundo que no Es, sino que hacemos que Sea, y el modo en que eso nos dice, nos señala a nosotros mismos. Puedo desarticular, desectructurar el discurso y mirarlo con asombro y deleite, con intriga y asco.
Lo que no puedo, curiosamente, es dejar de sentir el peso de tu mano en mi cabeza.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
viernes, 27 de noviembre de 2015
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario