Me sumerge el peso, pero muy lentamente. Como si la zambullida fuera un desmayo, me hundo. Me hundo lento y consciente, pero dormida, abandonada. El descenso es un destino y me abandono al movimiento como si el agua, algo en su seno profundo, me llamara, me atrayera hacia si.
Me dejo ir con desidia, con levedad de lluvia. Con confianza en lo que ignoro, con necedad, con abulia.
El mundo desde abajo adquiere la irrealidad de los sueños. Pestañeo.
Las burbujas de aire se escapan de mi cuerpo. Me anega el estómago, me inunda la nariz. El agua me llena los pulmones, y espero. Quieta, temeraria, espero algo, no se qué. Algo que sabré del otro lado de los minutos y del agua, de la quietud y de la muerte.
Espero, pero nada pasa.
Entonces me doy cuenta de que puedo respirar. Allí, en el fondo, también puedo respirar.
Sigo quieta, mirando todo.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
martes, 3 de noviembre de 2015
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