Ese modo que tiene de volverlo todo un paisaje onírico, de mojarme levemente sin que me entere hasta que salgo de élla: eso me gusta de la niebla. La sensación de que convierte la realidad en un sueño difuso, que borra los bordes, que humedece el aire, lo hace palpable y que se ajusta, así, mucho más a eso que yo percibo todo el tiempo.
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