jueves, 26 de noviembre de 2015

El agua es negra pero refulge suavemente, con brillo y ondulación de seda. Estoy en el bote, que es pequeño y opaco. Una vela también negra, apenas hinchada con una brisa leve, casi una canción, lo empuja hacia la oscuridad.  Sólo se ven los bordes de la gran arcada de piedra; una cueva natural.
Estoy sentada de espaldas a ella, en el bote, quieta, mirándome. Tengo el pelo largo, larguísimo, y suelto. Las manos sobre el regazo se dejan deslizar suavemente en la corriente.
Hay algo de despedida y de cosa inevitable en el gesto de los ojos.
No me muevo. La costa no me sostiene; soy un fantasma que se mira irse. No tengo siquiera el impulso de moverme.
Pero tengo miedo, dentro, de no saber -o no poder- volver.

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