viernes, 20 de noviembre de 2015

Y es que a veces creo que no soy más que un algo lanceado por muchas varas de distintos tonos y materiales pero que sigue en pie, y la tarea no es otra que la de tomar las lanzas que me atraviesan y mirarlas curiosamente: sentir con las manos calientes, erguida, la rugosidad o la suavidad, la dureza, la condición de flexible o no, ver la herida que me provoca en la carne, jugar con el agua que se escurre de ella, sentir incluso el leve chispazo de dolor con curiosidad al moverla apenas. No hay un sentido distinto que ése, no puede haberlo; no importaría si lo hubiera, tampoco.
Soy apenas eso: un algo que las circunstancias yerguen, el resultado imposible de sus entrecruzamientos (está la temporalidad y el lenguaje que pare las ideas y las cosas que se interpretan; está un modo de sentir y hacer y mirar que es a la vez maleable y caótico; hay una historia y un entramado de actos y libros y gentes y sensaciones y lunas sobre los ríos que no son de ninguna otra manera mas que en ese enfrentamiento frente al Algo atravesado por las lanzas y sólo así ). Soy el asombro, y la búsqueda de ver qué hay en esa distancia ínfima que separa la herida de la lanza, la sangre del agua, la mirada del ojo.

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