No se escriben los libros. Nunca se escriben.
Sacrílego me pareció, desde que tengo memoria, ver la letra manuscrita azul o negra o roja con que una mano anónima había socavado la serena quietud, el sagrado misterio de una página impresa.
No tiene mucho sentido, si me pongo a pensarlo: de hecho me emocionan las huellas humanas sobre lo que pretende ser fijo, estático. Me gusta esa humanizacón de un "objeto"(que cosa horrible e injusta para decir de un libro!), esa apropiación; ese modo de ensuciar de vida algo. Me enternece desde siempre ese breve - ingenuo, incluso- gesto de rebeldía y obstinado -insensato, incluso- coraje, si se quiere, de dejar presente el aire que respiramos sobre la inmensidad del tiempo que nos olvida, sobre la rueda incesante que nos aplasta.
Sin embargo, los libros, no. Los libros no se escriben. De donde habré sacado semejante dictamen, tan férreo?. Lo ignoro.
Los libros no se escriben, a menos que sea con lápiz.
Siempre amé las letras hechas del tizne inocente del grafito; muchos años escribí con ellas (y lo lamenté luego, muchos años después, al ver que el tiempo, de nuevo, había adelantado su trabajo allí, borrándolas. Tipo eficiente y despiadado, el tiempo). Con lápiz es la única forma en que se puede escribir un libro (lo demás es destrozarlo, humillarlo). Pero ni siquiera asi he subrayado libros.
Me parecía poner una flor de plástico como ofrenda; dictamen poderoso que nunca pude romper alegremente sin sentir que estaba muy mal aquello, por alguna poderosa, oscura razón. Ni siquiera con lápiz.
Me encuentro de pronto con un poema que hace muchos años que no leo (parece que todo pasó hace muchos años, de repente). Me sorprenden los versos viejos; sonrío en la nostalgia y la sorpresa, como si al doblar una esquina en una ciudad al otro lado del mundo nos encontráramos con el patio de la casa en que crecimos.
Entonces lo veo, y veo en mi cabeza la imagen del subrayado con tinta azul. El único subrayado que hice en mi vida.
No llegaba a los 18 años, creo. Era, y en un sentido sigue siendo, mi biblia personal, aquel libro. Era un templo, un recinto sagrado, una noche privada en que crece la semilla. Estaba manchado de café y tenia hojas y flores secas en las entrañas y mugre de los dedos que lo agarraban en cualquier momento y mi aliento y mis lágrimas y mi asombro y todo ahi, entre las páginas.
Estaba lleno de mi; era yo.
Así se lo di a él. Fue mi forma de regalarme algo valiosísimo.
Él lo tiene ahora, y lo tendrá hasta que el tiempo, ese fuego, se lo coma y se lleve todo.
Pero el subrayado es mío, y me doy cuenta de pronto, con ese asombro que siempre me provocan las cosas que de repente cobran o parecen cobrar un sentido oculto, secreto, fraguado lenta e inadvertidamente por mil circunstancias, que habla de la niebla. Encontrar ese subrayado y ese poema ahora que vivo en la niebla, literal y metafóricamente .
El subrayado, el único que hice en mi vida, lo único por lo que entonces me pareció que valía la pena pecar tan horrible, grandiosamente, decía:
Ojalá que la espera
no desgaste mis sueños
Sigo entendiendo, después de tanto, qué me quise decir
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