sábado, 9 de enero de 2016

Tenés que entender que miro las raíces, o las invento. En cualquier caso, que las busco. Que las adivino, las intuyo, las sospecho, las olfateo, me las meto en la boca y las deshago tibiamente, con gesto de intriga, temerariamente curiosa.
Tenés que entender que vos decís algo y yo paso días investigando, preguntándome casi involuntariamente la historia de esa expresión:  por qué antes la escribías separada y ahora junta, si evoca o no lo mismo que evocaba la primera vez que la usaste, si es un símbolo de aquéllo que tampoco sé bien qué era, si vendrá de alguna canción o de un poema o de una idea que te acompaña desde hace mucho y sólo vos sabés qué invoca o nada, absolutamente nada de eso sucede...
Vos decís una palabra o hacés un gesto y eso cae en el papel y yo lo cojo y le cuelga un hilo vivo que cae en la ceguera blanca del papel, en la luz plana del hecho; un hilo que late y que se hunde en lo profundo y no puedo evitar querer tocar, sentir entre los dedos la fibra que palpita ahi, en lo hondo de eso que es apenas un par de letras aparentemente inocentes o un movimiento de los músculos de la carne que un día morirá
Tenés que entender que nada me resulta accesorio ni accidental, ni siquiera casual: todo es flor y fruto de tantas cosas, y a mi me envuelve el aroma y me empapa el zumo pero busco la raíz, siempre. Siempre.
Yo quiero saber qué se dice con las palabras que se dicen.
Yo quiero saber qué hay detrás de lo que hay.
Yo quiero verte, realmente.

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