jueves, 21 de enero de 2016

Meterse en medio de cualquier cosa
es empezar a desintegrarla.
Por eso la poesía,
el hombre.
Todo, pienso a veces,
tiene el destino de la Nada.
No lo sabemos, está claro,
por eso emprendemos el Viaje
hacia el centro del Amor
del Mal
de la Palabra
de cualquier luz que se nos presenta diáfana,
certera,
incorruptible
(buscamos, infantiles, la pureza,
lo inmutable; algo que, por fin,
permanezca en si mismo,
que resulte aprehensible final, cabalmente)
Pero basta apenas esa voluntad de comprender
de habitar lo cierto
para que el mecanismo se active:
(adentrarse es romper la línea,
desfragmentar el límite,
hacer saltar a golpe de sangre
-mazas enormes, los segundos vivos-
los cascarones de tinta pintados, falaces,
que separan los opuestos),
y terminemos, al tiempo,
mirándonos en las manos desnudas
los jirones fantasmagóricos de aquello que
alguna vez
juzgamos -quisimos conjeturar- cierto.
De tanto humo que se disipa
sospecho
algún dia, en algún momento,
-también prístino, también implosivo-
terminaremos por darnos cuenta
de que nuestras manos
son algo que es Nada
Que somos algo, en fin,
que es significado
y no palabra;
que es apenas silencio
y quietud
y muerte
(y que así y sólo así,
somos lo Vivo, lo vibrante,
el sonido que nos nombra )


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