Tan densa que las luces del coche pujan para atravesarla. Nacemos a cada metro, pero el parto no acaba nunca. La niebla es el mundo.
Subimos circularmente; la montaña se me figura un laberinto cretense, una torre de Babel. Suena la música, él canta. Yo canto con él pero algo en mi calla, algo en mi busca, algo espera. Apenas las líneas blancas de la carretera nos guían.
Él acelera y a mi no me apetece decirle que baje la velocidad. Yo quiero ver. Yo quiero. Pero la niebla. La niebla sale del centro de la tierra.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
viernes, 15 de enero de 2016
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