jueves, 18 de febrero de 2016

Salgo cansada, abatida. Me duelen partes del cuerpo que no sabía que tenía; me duelen partes del tiempo que ignoraba también.
Es de noche y en la carretera negra que la nieve oculta las luces de las farolas parecen mantas sepia prendidas del cielo con un alfiler. Hay niebla y nieve y me nublan mis dolores, mis pensamientos.
Voy puteando internamente a la gente que va a venir, a mis jefes, a la vida, a la lluvia que paró, a mis pies, al frío, a los árboles repletos de nieve, a la nieve, a los músculos que me duelen, a lo largo que se hace el camino, a las horas que faltan para mañana, a mañana, a todo, cuando empieza a sonar la canción.
De pronto, no se cómo, me doy cuenta de que estoy bailando. Bailo sola y doy vueltas sobre mi misma en medio de una carretera helada en una montaña perdida, en la noche afilada, en la nieve, con una bufanda roja, riéndome.
Antes de terminar la carcajada tengo lucidez para agradecerle a esa parte de mi, a esa parte ínfima de mi, que de alguna manera sigue viva, tremenda, fabulosamente viva, y que me salva

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