lunes, 1 de febrero de 2016

Pienso en lo blanco, en la blancura, en lo indeterminado, en la nada, en la posibilidad, en lo infinito.  La veo venir desde la luz. Cierro los ojos. El filo de la hoja en blanco -que primero pienso que me va a abrazar, que la ceguera de su abrazo va a venir a decir que nada es, que todo es indeterminacion, posibilidad pura, pero algo me dice que no, en el último segundo- me corta por la mitad, longitudinal, suavemente. Luego se posa delicada, firmemente sobre el suelo frente a mi.
Mis mitades, aún de pie, manchan la blancura con jugos y sangre que dibujan algo cierto, críptico -parece casual pero, no: algún lenguaje secreto tienen, lo siento; algo dice ese modo de derramarse, que yo ignoro- indescifrable desde otro lugar que no sea la sensación al contemplarlo.
Con los ojos aún cerrados alcanzo a pensar, algo sorprendida, que escribir debe ser algo así.

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