Te abrazo para dormir. Tu corazón retumba en la piel de mi antebrazo. Sonrío en la oscuridad pensando en que mi cuerpo debe de reconocer internamente, en la memoria celular, ése, el primer sonido. El ritmo al que crecieron las manos que ahora sostienen la tuya y se mueven, rítmicas, en el vaivén de tu respiración ya lenta, ya serena.
Imagino mi piel brillándome de alegría, dentro.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
sábado, 6 de febrero de 2016
Mamá
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