viernes, 12 de febrero de 2016

Ellos bajan del coche, ellos hacen hora conmigo. Ellos me saludan en la plataforma y yo me subo y esperan.  Ellos me buscan a través del cristal, yo apoyo las manos del lado de adentro y sonríen: sólo eso ven, y eso solo alcanza. Los veo hablar, debajo; siento algo tibio en el pecho mientras reconozco sus gestos. Luego los pierdo de vista, se mezclan entre la gente. Me pongo los auriculares y empiezo el viaje. Ya no están, ya me fui.
No pienso ya, como antes, en los rituales.  Ya no me duele irme ni llegar sin que alguien me despida o me reciba: se ha convertido en un hábito nuevo, en otra normalidad.  Ya ni asomo de tristeza me produce, de modo que ya no lo noto, como al principio: ha hecho callo ya el roce que lastimaba.
Es entonces, cuando el autobús sale del andén ya vacío, que los veo: sentados, de la mano, esperan. Nadie mas en el andén.  Sus ojos miran, fijos, atentos, desde el tiempo, los cristales del autobús . Yo apoyo las dos manos abiertas en el cristal, casi instintivamente. Y entonces, casi como un acto reflejo, saltan del asiento y sonríen y saludan, saludan, saludan. Saludan hasta que el autobús dobla la esquina y ya no los veo más.  Saludan. Como antes.
Es en esas cosas en las que se funda una familia, pienso emocionada. En lo impensable que resulta, al unísono, que yo me vaya y que lo último que vea no sean sus manitos agitándose, despidiéndome,  acariciándome
Así se vuelve a casa. En esas pequeñas cosas

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