lunes, 29 de febrero de 2016

Me gustan las manos de los hombres. La suave aspereza, la aspera suavidad. Me gustan los vellos y las leves venas azules. Me gusta la posibilidad del tacto, la potencia.
Me gustan las manos de los hombres imaginadas acariciando cuerpos amados; ese modo en que la fuerza se demuestra en la ternura, como la tierra que se abre para que el brote que abriga crezca y es ahí, en ese darse, donde reside su verdadero poder.
Me gusta la imagen de la mano del hombre húmeda de la humedad de la mujer; el modo en que se transfigura en sagrado elemento que bendice a la vez que recibe bautismo
La tensión, la convergencia de lo suave y lo denso que la habitan, de lo leve y lo macizo, de la vitalidad y lo grácil en que se convierte la mano de un hombre que ama
Me gusta que existan manos y que existan hombres y que existan cuerpos y que tocar sea posible.
Me gusta que, entre el golpe y lo ríspido y la inacción, nos sea dada la posibilidad de la caricia.

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