Había ese milagro de decirme. De ser la palabra cabal que me define, de no ocultarte nada. De traspasar incluso mis miserias, mis podredumbres; de ponerlas sangrando a tus pies para que las mires conmigo. De llorar de alegría mirándote a los ojos. De no temer, o de que no importara hacerlo. De saber que lo que teníamos entre las manos (entre las tuyas y las mías ) valía más, infinitamente más que los pudores, los temores, la historia, las posibilidades, el tiempo.
Cómo hicimos, mierda. Cómo hicimos para arruinar semejante milagro?
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
martes, 30 de junio de 2015
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