Para no hundirse en la desesperación
para que el aire no parezca
brea en los pulmones
es necesario mirar detrás de las cosas
dentro
la fibra íntima
Traspasar entonces las palabras
y los sentidos
subirse a hojarcadas de los ojos
cerrados como si hubiéramos muerto
—o más aún
como si estuviéramos realmente vivos—
llegar a la nada que anuncia
la indefensión
la quietud
la boca abierta sin sonidos
Allí, hundirse de plena forma
Dejarse ir en el frío que eriza
los pezones y las almas
Atravesar los huecos sucios
de grasa, verdad y costumbre
y llegar de pronto allí
Allí, donde no hay dónde
A la perenne presencia
del momento
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