lunes, 28 de marzo de 2016

Nos encontrábamos en un parque inmenso. Llegué temprano, como siempre, y me senté a mirar la quietud del estanque del centro, escondido del resto del mundo, de la ciudad furiosa.  Pensé que tardaría bastante en encontrarme (en esa época no teníamos móviles como apéndices, todavía ), pero llegó puntual incluso aunque tuviera que hacerlo. "Fácil: busqué el agua -me dijo cuando le pregunté cómo me había encontrado tan rápido -; cuando no sé dónde estás, busco el agua y te encuentro".
Lo recuerdo de pronto mientras me hipnotiza el modo en que el viento despeina la cascada leve que surge entre las piedras de una fuente, en otro parque, a miles de km y años de distancia. Y recuerdo el modo en que, en una reunión cualquiera, mi mirada cruzaba la suya y respondía en silencio la pregunta que la suya hacía en silencio cuando me veía fuera de ahí, fuera de todo ("sí, estoy bien, tranquila"), sin que nadie más se diera cuenta.
Sonrío pensando que en el agua, en este momento, además de mi, está ella.

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