Llevo todo el fin de semana haciéndolo. Es curioso: no me reconozco. Algo ha cambiado.
Anoche me asusté, incluso. Se ve que empiezo a mirarme con menos miedo, y por eso me asusto: porque me escondo menos. Porque ya es mi naturaleza más cierta la que sale a mirarme como se mira a los extraños, que es, después de todo, lo que soy para mi misma.
Anoche, desnuda en un espejo ajeno, en un espejo donde son otros los otros que ahí se pierden, se duplican, se mienten, me vi una mirada...antigua. Atávica. Negra de cueva negra donde se comen a mordiscos sangrantes vísceras crudas. Me sonrió. La mirada, con mi susto, me sonrió, macabramente divertida. O le sonrió a la que la miraba, que también era ella misma. O vaya a saber a quién quién hizo tal cosa. Da igual.
Me sentí victoriosa. Me entendés si te lo digo?(me entenderías, si lo hiciera? ). Sentí que me ganaba algo, que superaba un escollo autoimpuesto (digamos, la pretensión de pureza, la obligación de bondad, la necesidad de coherencia, civilidad, católicaapostólicaromana, etcétera), que me asomaba minimamente a una zona inexplorada del universo que soy, contra lo que había estado intentando hasta entonces, lo supiera o no, creyera que lo hacía anteriormente o no. Fue raro.
Pero igual de raro fue que, seguido a la fascinación que me produje, lo primero que pensara, que viera, fuera tu imagen en la misma situación. Y esta pregunta. La pregunta: te has mirado alguna vez largamente a los ojos?
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