No hay en esta quietud asidero posible. En esta enajenación, en esta muerte. La materia se vuelve lejana y salobre.
De los libros y las plantas se ha evaporado el agua: el mundo es seco y se quiebra como una cáscara pulverizada, como una hoja de ginko muerta. En la boca, pasta verde, pegajosa. Escarabajos negros en los ojos, dentro de los párpados, buscando luz que no hay.
Creo saber qué había sido. Recuerdo un mundo lejano, una lejana idea de sentido, de orden.
Por las orejas me reptan gusanos rosados, gordos. De mi boca salen enjambres de moscas enormes, ruidosas, peludas.
Aquello que supe creer se ha podrido en mi.
Soy la carne que corroen mis sueños.
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